Parábola de la pepinera y el P2P.

31 01 2010
Entrada Copypasteada!!. Mira el original en Solo un usuario mas

2010_01_29_Frutas1

.

.

Erase una vez un pueblo llamado España aunque, en realidad, podría tener cualquier otro nombre. Los pueblos, estén donde estén, tienen la particularidad de funcionar de manera muy parecida. En la jovial aldea de España vivían un grupo de individuos que vendían fruta. No la cultivaban, ni la plantaban, ni la recogían. Estos tipos, sencillamente se encargaban de que los artistas hortofrutícolas les suministraran fruta. Ellos mandaban cultivarla y también recogerla. Después la mandaban envolver con papel maché, la metían en cajas de colores y, por fin, la vendían en sus puestos del mercado.

Con el tiempo, estos individuos hicieron mucho dinero y la gente comenzó a referirse a ellos como“la industria frutográfica”. Como todo lobby que se precie, a medida que crecieron, fueron camelando a los alcaldes del pueblo. Se hicieron amigos de los hombres poderosos de la aldea y se aseguraron ser los únicos que podían vender fruta.

Si algún artista fruticultor intentaba ignorarlos y vender fruta por su cuenta, en seguida era tachado de underground y de contracultural. El agricultor rebelde pronto era marginado y los de la industria frutográfica, con sus amigos los alcaldes, ponían al pobre diablo todas las dificultades posibles para vender sus exóticas frutas.

Felices y contentos, cada año, los tipos de la industria frutográfica aprovechaban las modas paracultivar frutas de laboratorio, unos injertos artificiales que sabían a ojete. Pero los consumidores, que suelen tener poco criterio y se dejan llevar por todo lo que les pongan en la tele, compraban extasiados el pepino Pispal (que producía cagalera), el melón Zustamante (soso, indigesto y deprimente) o las insípidas fresas PUPA Dance, que producían urticaria de puro repugnantes.

Las frutas, no obstante, tienen una particularidad muy curiosa. Y es que están llenas de semillas que pueden generar nuevas frutas si se plantan. De vez en cuando, algún ciudadano plantabafruta en los tiestos de su casa, pero era una costumbre minoritaria. Las frutas de tiesto eran pequeñas y no suponían ningún peligro para el comercio. De todas maneras, los tipejos de la industria frutográfica se las apañaron para camelar a los alcaldes, que no tenían ni puta idea de esto de la agricultura, y les convencieron de que la fruta era muy importante y que había que preservar el trabajo de los artistas hortofrutícolas.

Así, los de la industria frutográfica convencieron a los poderosos para crear el canon de la fruta y, para gestionar ese impuesto, un grupo de amiguetes de la industria montó la SGAGRE (Sociedad General de Agricultores de España).

El impuesto, con la excusa de proteger el cultivo de fruta, gravaba cualquier objeto que pudiera servir para plantar fruta. Cosa bastante absurda, la verdad. Al principio, el canon sólo se aplicaba sobre la tierra, las palas, los rastrillos, las macetas y cosas así. Pero, con el tiempo, la industria comenzó a quejarse de que también se podían plantar frutales en otras cosas, así que el canon se extendió a cualquier objeto susceptible de contener tierra: vasos, cubos de plástico, jardínes, parques públicos, floreros, grietas entre las tejas… Los de la industria frutográfica decían que, sin ellos y sin ese impuesto, las frutas desaparecerían para siempre y los poderosos se lo tragaban.

2010_01_29_Frutas2

Los fruteros estaban felices. Compraban la fruta a los artistas horticultores por unos pocos céntimos, la vendían a precio de oro y se repartían la diferencia con sus amiguetes. Además, recibíancontínuos beneficios del canon, que a estas alturas lo gravaba prácticamente todo. De hecho, la industria de la fruta pronto pensó que no sólo había que penalizarlos productos que permitían plantar fruta, y empezaron a cobrar también a los fabricantes de menaje (por las macedonias) y a los restaurantes que servían fruta en sus menús.

Pero ¡Oh Dolor! ¡Oh campos de tristeza!. No hay bien ni mal que cien años dure. La gente comenzó a hartarse de pagar los pepinos a precio de entrecot y, un buen día, alguien tuvo una idea revolucionaria. Una serie de vecinos compraron fruta y, en vez de comérsela, la plantaron en su jardín y abrieron la verja de su parcela para que, otros vecinos que también estaban plantando fruta pudieran compartirla. De la noche a la mañana, los vecinos cambiaban peras por naranjas, tomates por pepinos y fresas por ciruelas. Lo llamaron “Frupster”.

La industria frutográfica se dio cuenta de que cada vez menos gente compraba su carísima fruta. La fruta de jardín no estaba tan bien decorada ni envuelta, pero estaba igual de rica. Al principio, los de la industria frutográfica intentaron aplicar un sistema de pesticidas llamado DDR para hacer que las semillas de la fruta fueran estériles, pero algunos de los vecinos del pueblo, que sabían mucho de esto, se las apañaban para que los pimientos, las calabazas y hasta los plátanos siguieran brotando.

Cabreadísimos, los de la industria frutográfica fueron donde el Alcalde, que era igual de tonto del culo que los anteriores, y le dijeron que eso de plantar cosas en el jardín era un delito muy gordo.

Aunque en la ley del pueblo no se decía por ningún lado que plantar fruta fuera delito, el Alcalde comenzó a ordenar a  los jardineros del ayuntamiento que arrancaran las plantas  de fruta. Los jardineros, así lo hicieron y los vecinos se entristecieron mucho porque ya no podían cultivar fruta en su jardín. Al año siguiente, un grupo de vecinos tuvo una idea genial. Si no les dejaban plantar en su jardín, plantarían fruta en los campos que rodeaban el pueblo.

Dicho y hecho. En lo que tarda en llegar una nueva época de cosecha, los bosques que rodeaban el pueblo se llenaron de cerezos, naranjos, bancales de fresas y melocotoneros silvestres. Si la gente quería fruta, tan sólo tenía que coger su burra y darse un paseo por el campo. En unas horas, las alforjas del animal volvían llenas de sabrosos frutos silvestres. A veces la fruta del monte era más pequeña o estaba pocha, pero en general servía igual para hacer mermelada.

2010_01_29_Frutas3

En este punto, los de la industria frutográfica deberían haber aceptado que su modelo de negocio ya no podía competir y deberían haber cambiado la forma de hacer las cosas. Pero no. En vez de eso se enfadaron como monas y comenzaron a intentar que la gente comprara su fruta por las malas pidiendo ayuda, una vez más, a los necios poderosos.

Entonces comenzó la auténtica locura. Los avariciosos tenderos de la industria frutográfica no se cansaban de repetir que eso de compartir frutas era delito y un pecado gordísimo. Llegaron incluso a decir que, si los vecinos del pueblo seguían así, la fruta de calidad desaparecería para siempre. A estas alturas, ya nadie con dos dedos de frente se creía ese cuento, porque cada vez había más artistas hortofrutícolas que iban por libre y vendían su fruta directamente siguiendo un método llamado Plantaleft.

También, por supuesto, seguía habiendo vecinos del pueblo muy gourmets que seguían comprando fruta cultivada por la industria, pero ya no eran tantos y los de la industria frutográfica estaban muy enfadados porque ya no se forraban el bolsillo tanto como antes.

Así, los de la industria empezaron a presionar a los alcaldes para que prohibieran a la gente salir al campo. Se gastaban el dinero que sacaban con el canon en poner carísimos carteles absurdos avisando de que comer fruta silvestre producía cáncer y levantaron kilómetros y kilómetros de vallas para intentar que los vecinos no llevaran sus mulas a recoger fruta al monte.

En este punto, unos pocos fruteros que eran más espabilados (o menos avariciosos) empezaron a ofrecer servicios por los que iban ellos mismos a recoger la fruta silvestre y se la llevaban a los vecinos. No sacaban tanto dinero como con el modelo de negocio original pero, dadas las circunstancias, era lo mejor que podían hacer y, de hecho, comenzó a irles bien porque no tenían tantos gastos en envoltorios y puestos en el mercado.

La mayor parte de los de la industria frutográfica no quisieron renunciar a cómo se forraban antaño y sus iniciativas se hicieron cada vez más agresivas. En el pueblo de al lado, la mujer del alcalde, que tenía un puesto de melones (dos melones nada más), convenció al calzonazos de su marido para que sacara la ley de los tres avisos.

En virtud de esta ley, todo vecino que intentara salir al campo a coger fruta recibiría un aviso para que no lo hiciera. Si reincidía, le quitaban el burro y si volvía a reincidir le prohibían salir de casa. En nuestro pueblo, los de la industria frutográfica consiguieron que una vendedora de pepinos en vinagre bastante corta de miras llegara a concejala de cultura. Una vez en ese puesto, la pepinera creó, en secreto, una ley por la que se podía denunciar a todo aquél que indicara a otro vecino el camino para salir del pueblo y llegar a un sitio en el que hubiera fruta silvestre. Los vecinos protestaron, porque la ley era tan ambígua y estaba tan mal escrita que permitía multar a todo aquel que indicara el camino, daba igual hacia donde.

Llegamos a la actualidad. La pepinera y el alcalde necio, dirigidos en la sombra por la industria frutográfica, siguen intentando sacar adelante esa ley por la que, todo el que de indicaciones en el monte puede ser castigado. También se intenta obligar a los guardabosques a que echen del campo a todos los que vayan con burra o cestas en la mano.

Mientras tanto, a los que comenzaron con el negocio de fruta silvestre a domicilio cada vez les va mejor. Los de la SGAGRE, viéndo que quizá esté a punto de acabárseles el chollo se dedican ahora a comprar tabernas del pueblo para asegurarse de estar bien forrados cuando algún alcalde menos gilipollas les corte las alas y decida que la fruta, sea de invernadero o silvestre, es un derecho de todos los vecinos.

Si hay una cosa clara, es que la fruta silvestre no ha hecho desaparecer a los artistas hortofrutícolas (sólo se ha llevado las cosechas de injertos artificiales malos e indigestos) ni a la fruta, que se sigue cultivando fuera y dentro del pueblo. La moraleja de esta historia es quetodos los pueblos tienen sus parásitos y también sus tontos del pueblo, personajes que, por alguna extraña razón, siempre acaban llegando a alcaldes. Después de leer esto, ¿Sigues creyendo que el cánon por copia privada, las entidades de gestión de derechos de autor, la Ley de Economía Sostenible y la industria discográfica y cinematográfica  funcionan de una manera lógica y beneficiosa para el conjunto de la sociedad? ¿Si? Amigo mío, entonces dedícate a la política. Tienes futuro.

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: